miércoles, 8 de junio de 2011

La antesala del Infierno: Luis Juarez Rabadan y la Desrealización


Doy por entendido que usted no deduce el significado que tiene el título de este texto, y bueno, no habrá que preocuparse por eso en esta ocasión pues poco sentido le encontraría, esto es porque se trata de una burla particular, y quienes no se hayan encontrado conmigo después de que yo haya conocido a Luis Juarez Rabadan no entenderán una pizca de la guasa, pues no les habré contado sobre él, incluso hay personas a las que he frecuentado en estos últimos meses y aun así lo desconocen. Yo mismo lo conozco poco, pero alguna vez vi que sujetaba el cuerpo seco de un pejelagarto mientras le tomaban una fotografía, con una simpatía inigualable, en serio, para morir de la risa. Sin embargo no tiene la más mínima importancia quién sea este tipo. Ya lo dije. Me doy la libertad de burlarme una vez más de este sujeto porque dudo muchísimo que llegue a leer lo que aquí se está tejiendo. Y si lo hace así, ya está…estaré en un problema (eso si logra entender la burla, que es pequeñísima, lo prometo), pero a usted ¿Qué le importa? Poco o nada, y a mí me da igual, pues en lo que a mí respecta esto pudiera ser irreal, y usted también. Sólo tenga en mente que él es la mismísima antesala del Infierno.

Verá, no estoy loco ni pretendo parecer uno, pero tengo que admitir que de alguna manera me lo he estado buscando, si algo he dicho desde hace ya mucho tiempo es que me gustaría saber lo que se siente estar chiflado o saber qué piensa alguien que ha perdido contacto con la realidad, para entendernos mejor, digamos su entorno, para evitar el debate sobre lo que es la realidad. Simplemente inacabable, y que no falta aquel que siempre dice: la realidad es relativa. Y el debate se destruye por completo y comienza un escándalo perturbador, además los psiquiatras no han podido llegar a una buena conclusión sobre lo que es una enfermedad mental de este calibre. Así que con locura me refiero a la pérdida de la relación que el individuo ha venido manteniendo con su medio, y para no andarme con vaguedades dejémosle el nombre de desrealización, sea lo que sea esto, si usted sufre de un episodio de este tipo, se encontrará en un lugar totalmente extraño y espeluznante y su estado físico súbitamente desfallecerá, desorganización completa, y sufrirá de un ataque de pánico, a menos de que haya estado entrenando para ello, como se hace en algunas escuelas budistas.

Quizá en otra ocasión le relate un poco acerca del entrenamiento que se sigue para alcanzar lo que se llama ‘la realidad última’, pero por ahora quisiera acentuar lo que es un ‘ataque de pánico’. A diferencia de lo que comúnmente se entiende, no es un miedo mermado, o inseguridad acrecentada, mucho menos un estado de alerta (con posibilidades de conducirse). Entre las personas hay muchos idiotas como yo, al menos con respecto a la opinión que tenía en el pasado sobre lo que es un ataque de pánico. No digo que no sea yo un idiota, solamente digo que dejé de ser un imbécil con respecto a lo que es enfrentarse a un episodio de este tipo, y qu´ digo ‘enfrentarse’, más bien arrastrarse mientras se sufre una ocurrencia como ésta, horripilante. Ni siquiera me esforzaré en presentarle sinónimos que definan lo terrible que es, pues extrañamente no tengo otras palabras que basten para describirlo, bastará con que usted no sufra de un ataque de pánico, y si ya lo ha sufrido, entonces sabe de qué le hablo y pudiera ayudarme a describirlo. Por lo pronto debe usted saber que es una situación incapacitante, donde la pérdida de la consciencia es frecuente, y por supuesto la racionalidad es pulverizada, como si se tratase de una hierba triturada en un mortero por una indígena que sabe hacerlo muy bien y con una rapidez extravagante, a usted ya no se le permite pensar, está hecho trizas, inerte. Por seguro estará respirando excesivamente rápido (aumentando la ansiedad), si no es que gritando, y tal vez huyendo del lugar donde todo empezó y se tire en el piso, su cuerpo no responde como quisiera, recuerde. En mi caso, huí de un restaurante, y acabé tirado en el aparcamiento de automóviles, debido a la taquicardia que me hacía pensar en un inminente infarto, algo parecida a la taquicardia que recibe un fumador después de cinco minutos de juego intenso, aquellos jugadores, quienes han pasado por esto, saben que es asfixiante, agotador, turbulento e indeseable.

Dándole esta premisa, que más bien es un pequeño punto intermedio en la historia que aquí relataré, usted está en posición de entender mejor, ya regresaremos a este punto del pasado. ¿No le parece interesante, poder volver al pasado, que en el principio de la historia que le contaré es más bien el futuro, y que fue un presente? Pero que cuando usted lea esto, todo será pasado pero usted lo estará leyendo en el futuro. Lo que fue mi presente, futuro, y al final se convirtió en mi pasado. Así sucede, eso del tiempo es una locura…una locura.

El día 10 de febrero, sepa usted de que año le estoy hablando -2011-, disculpe si esta información es inútil para usted, simplemente tengo el anhelo de que en años venideros alguien tenga la facultad de leer, y consulte lo que aquí se relató y tenga una referencia cronológica. Le dije que por momentos esto perdería sentido (secuencia y dirección), en lo que acabo de decir se pierde la coherencia. Volveré a comenzar. El día 10 de febrero, comencé a sufrir de una taquicardia supra ventricular, extrañamente yo me encontraba en reposo (sin realizar algún tipo de movimiento que pudiera perturbar la frecuencia cardiaca de tal manera), trabajando en un texto que publicaré en fechas posteriores, pues esa taquicardia y todo lo que vino después me hicieron imposible escribirlo. Ahora retomemos la historia como si ésta estuviera ocurriendo aquí, en el presente, y que finalmente se perderá en el pasado, nuevamente...qué interesante es la escritura, es un prototipo de la máquina para viajar en el tiempo.

Por razones que ni siquiera pretendo comprender siempre se me ha dado la gana de que un Argentino sea quién lea todo lo que escribo, pero con la calma que distingue a los ancianos, no con una recitación reventada y desmedida de un jugador de balompié, que sólo escupe el flujo nasal.  Ah, pero seguro hay alguien que ya está protestando - ¡¿Cómo un argentino, eres pendejo?! Esos arrogantes que tienen por Dios a un porcino -  ¿Todo se trata de eso, no es verdad? El odio a los Argentinos proviene de uno de los pensamientos y actos más absurdos, a menos de que sea una experiencia de ataque personal, simplemente es la xenofobia. Vaya que tengo la suerte de no escribir este texto en épocas mundialistas, porque de seguro me mandarían al carajo. Este México que no se educa más que de la tele, la soda de cola, y el fubol…si, ‘fubol‘ para que se encabronen más los aficionados del balompié mexicano. Pero allí viene el relato, gracias por perderse conmigo, y dejarme continuar.

Quedamos en que retomaríamos el relato como si estuviese ocurriendo ahora, no más divagación por el momento, lo prometo.

A fin de entender, uno debe adquirir los conocimientos, que le permitan dilucidar las respuestas de los procesos naturales más complejos, a los cuales todo ser vivo está confinado, al igual que la organización del grupo en el que vive, y sólo entonces, con la habilidad de prever, la cual no existe en otra especie, la humanidad evitará sucumbir en justificaciones y mal interpretaciones, que a menudo, la llevan a vivir como un plaga biológica.”  Termino de escribir este pequeño párrafo de aquel texto que no pude finalizar, y que lo suspendí por tiempo indeterminado, pues comienza la taquicardia inexplicable, un poco asfixiante pero conservo la calma y comienzo a respirar lenta y profundamente, a Frida le digo: me siento muy raro. No tengo ni idea de cómo darle a entender lo que siento, mental y físicamente, transcurre un par de minutos y pronto se desvanece el malestar, bueno, pienso yo, seguramente fue el café que tomé hace media hora. Pero me siento exhausto, por suerte es tarde ya, y puedo irme a acostar. Pero no, me quedo divagando un rato más en los libros. Al cabo de cuatro canciones de Ben Charest, decido dormir, ya no entiendo nada de lo que estoy leyendo, fin del día.

Al día siguiente, durante la asistencia a una clase que realmente estaba siendo un fastidio, y para aumentarlo, transcurría apenas una pequeña parte de la segunda hora, y faltaba bastante para que terminara. Dejo de prestar atención, el profesor a manera de burla ha sido nominado y ganador del premio al suero del sueño, quién sabe cuántas veces al hilo, y en total, sólo el conjunto de generaciones lo sabría, pero todos se burlan de él por eso, pero sufren todo el curso en su clase. Mientras, le escucho hablar extremadamente lento, someto la mirada hacia la derecha del aula, y comienzo a pensar en el universo y en todas las bellezas que mi padre me ha enseñado sobre él, al instante algo me llega de golpe, la maldita sensación del día pasado, me llena de angustia y exaltación, pero quiero conservar la calma, a mi compañero de la izquierda (ese quién me platicó sobre la muchacha sordomuda y su hermosa pregunta ¿El atardecer tiene sonido?) le agarro el brazo y le digo: me siento mal, pero me voy a esperar a ver si pasa. Al minuto lo tomo por el hombro y le digo: esto no mejora, acompáñame al servicio médico, salimos y el profesor ni en cuenta. Camino al auxilio nos perdemos, o al menos eso siento (luego me vengo enterando que el servicio médico está lejísimos de donde estábamos tomando la clase y que donde se nos había indicado que estaba, era mentira) y yo teniendo que caminar con un intenso mareo y una extrañísima sensación que alborota mi corazón. Pero todo termina súbitamente, algo rarísimo, nunca antes vivido.

Llegamos al sanatorio (que deja bastante que desear, seguro alguien ya ha muerto por su mala calidad, o si no, alguien lo hará, eso me parece seguro) y la paramédica que ahí se encontraba comienza a realizarme preguntas de protocolo (¿Ya desayuno? ¿Hace cuánto? …) Respondo y siento que me voy a desmayar, entre mareo, escalofrío y ansiedad. Me pide que me acueste en la camilla de chequeo y eso hago, pero una sed irresistible comienza, y sólo quiero beber agua, mucha. Estoy tratando de relajarme, pero cuando escucho que es pertinente que me lleven a la cruz roja porque ahí no tienen nada para atenderme y mi corazón está teniendo ritmos extraños, lo primero que me viene a la mente es un infarto, y entro en pavor, la señorita busca apoyo ¿Quién puede llevarlo a la cruz  roja? Mi amigo, a un lado mío con crédito disponible en su teléfono celular - para el colmo yo no tengo, se agotó el día anterior -, le presto el mío para que con él pueda copiar el número del teléfono de Frida, pero ella está en clase, y no contesta, como es habitual en ella, pero no la culpo, ni siquiera puedo pensar y las manos ya se me entumieron, y entro en pánico, mi corazón se acelera aún más, la señorita tiene la inexperiencia necesaria como para decirme: se te están entumiendo porque no estás oxigenando bien y tu corazón hace demasiado esfuerzo para distribuir lo disponible por todo el cuerpo – hasta ahí bastante bien dicho -, pero tu frecuencia cardiaca es de 170. Y bueno ya me harté de relatar esto como si estuviera pasando ahora, no me agrada tanto, sabe, relatar es mejor si se hace con algo referente al pasado. Sigamos de otro modo.

Frida no contestaba el teléfono, la paramédica había hecho su gracia de inexperiencia (cosas que nos pasan a todos los idiotas) y mis brazos completos ya estaban entumidos, y yo en pánico le pedí a mi amigo que le llamara a mi vecino, quien es un buen amigo, y tiene camioneta (pertinente para el asunto ese, ya sabe, el de llevarme a la cruz roja) pero tampoco contestó, ¡Ah! y su novia tampoco, estaban en clase. Pronto un señor de tez morena y físico abultado apareció y me ofreció agua, estaba yo ya muy alterado y la bebí entre espasmos y temblores corporales,  realmente creía que iba morir allí en esa camilla azul acolchonada. Verá la frecuencia cardiaca (latidos por minuto) de un adulto en reposo debe mantenerse entre 60 y 70. Una persona no puede sentirse bien con una frecuencia tan alta como 170, de hecho muchos de los infartos ocurren debido a un súbito incremento en la frecuencia, y simplemente con llegar a 200 latidos por minutos, usted puede morir; a los 300, por seguro lo estaría.

Este señor, dador de líquido vital, se ofreció a llevarme a la cruz roja, pero sus acciones fueron tan lentas, que yo sólo tenía ya un miedo particular, y no era morir, sino el no poderme despedir de la mujer a la que amo, Frida. Pero para mi sorpresa, cuando salía en camilla, camino a la camioneta que me llevaría, allí apareció ella, y todo se desvaneció. La taquicardia desapareció, la sensación de desmayo también y pude respirar con facilidad, pero los temblores se acrecentaron, pero sentía de nuevo mis brazos y aunque todo había sido tan extraño, había pasado. Así que en una camioneta me llevaron a la cruz roja, ahí ya me esperaban, desde el servicio médico de la universidad habían informado que un estudiante iba en camino, para ser auxiliado. Y vaya que es una historia larga, no le quiero pedir que la conozca toda, no vale la pena, sería mejor utilizar ese tiempo leyendo acerca de otros temas o historias, que de verdad le sirvan a usted. Así que aquí comienza el resumen.

Estando en el hospital privado de la ciudad en la que vivo para realizar mis estudios, se indicó que debía permanecer internado, al menos una noche, para que pudieran monitorear mi corazón y para aumentar las precauciones ¿Dónde quedó la cruz roja? Resulta que cuando llegué ahí me atendieron de la manera más básica, nada que resaltar, unos cuantos electrocardiogramas que indicaban que mi corazón sufría de arritmias, y ya, no podían hacer nada más por mí, no cuentan con el equipo necesario para realizar estudios, al menos no para el corazón. Así que en ambulancia me trasladaron a ese otro hospital donde dormí aquella noche del 10 de febrero. Durante la hospitalización, quieto en la cama del cuarto que me fue asignado, las arritmias se presentaban esporádicamente, y no con un aumento en la frecuencia cardiaca tan brutal como ‘170 lpm’ lo es. Al salir del hospital se me recomendó permanecer en reposo total, abandonar hasta nuevo aviso las clases y tomar un medicamento para los estados de ansiedad y angustia. Se me realizó otro estudio llamado Holter durante 24 horas, de cual no explicaré nada, sólo diré que es incomodísimo, y que finalmente no reveló nada, pues casualmente durante esas  24 horas, no se presentó ninguna arritmia.

El día 15 de febrero mis padres arribaron a la ciudad - día en el que me entregaron los resultados del enredoso Holter - por petición mía, ya que no podía realizar ninguna actividad, y realmente me encontraba preocupado por mi estado de salud, al igual que ellos, quienes sin duda alguna accedieron a venir para asistirme en cualquier cosa que yo necesitase. Y sin más, llegó el 16 de febrero, ese punto intermedio del que le hablaba unos cuantos párrafos arriba (exactamente 8), ese que ahora se convertirá en el presente, pues usted lo vivirá por mí en esta ocasión.

Era la hora de comer, sólo lo sé porque estábamos en un restaurante, no porque tuviera hambre o supiera la hora, no tengo recuerdo de la hora, aunque le diré que observé muchas, pero muchas veces el reloj por un tiempo y aun así no la recuerdo. Mis padres y yo esperábamos el servicio, cuando comencé a sentirme extraño, sin embargo era una sensación ya conocida, se había presentado desde que salí del hospital, una sensación, decía yo, en la cual me sentía prácticamente drogado, y con mucho desagrado. Paulatinamente fui perdiendo el control de mi estado, corrí al sanitario y encerrado en uno de los cubículos, le hablé a Frida por teléfono, y no contestó, no la culpo (ya saben que no contesta, estaba en clases como aquel 10 de febrero), pero yo quería hablar con alguien que estuviese lejos y no poder hacerlo me causaba un enorme agobio, alguien a quien no pudiera ver pero pudiera escuchar su voz. Regresé a la mesa, actuando como si nada malo estuviese pasando, pero por dentro algo particularísimo me hacía sentir terrible. La mesera hizo su trabajo y cumplió con el servicio. Pero entre náuseas y otras sensaciones extrañas aparté el plato, y la vista la mantuve hacía la derecha, donde veía pasar los automóviles y enormes camiones por una de las avenidas más importantes de la ciudad, el restaurante está a un costado de esa calle (la reforma).

Roté la cabeza hacia la izquierda, y con ella mis ojos, quienes al encontrarse con la presencia de mi madre, a quien tenía de frente, vieron la irrealidad. Claro que no fueron mis ojos quienes vieron la irrealidad, mi cerebro era el responsable, pero de eso se sabe poco y mi experiencia poco podría contribuir a ese conocimiento. Nada era real, todo indicaba que estaba soñando, pero podía interactuar, ya sabe, en general es poco frecuente que uno pueda interactuar e intervenir en sus sueños, pero me encontraba en una pesadilla, a primera vista nada era distante de la realidad pero yo no podía sentir otra cosa, estaba sufriendo una desrealización.

Imagínese por favor que usted de repente despierta de un estado de coma, en un hospital y los últimos días o años si usted prefiere atormentarse más, no fueron reales ¿Qué demonios sentiría? ¿Qué carajos haría? Bueno, suponga que el asunto es más bien una inversión, usted está viviendo y de repente se encuentra soñando, pero sin haberse acostado, y por favor, en plena comida, en un restaurante, y nunca perdió la consciencia, ni perdió la visión. Por supuesto que lo primero que viene a la mente es que uno acaba de morir, o se ha desmayado, pero eso es lo menos posible, porque una de las características más espeluznantes de una desrealización es que uno conserva la consciencia, se da cuenta que algo está absolutamente mal, y ese descomunal caos está sucediendo dentro de usted, y no entiende qué es, sólo supone que es una locura, y cunde el pánico, hierve en angustia, no en miedo, sino en pesadumbre. Y ya sabe, uno suele salir corriendo del restaurante, después de decir ¡Llévenme al hospital! Y tirarse en el piso del aparcamiento. 

¡Funciona el prototipo! Ese punto intermedio que en un principio era más bien un futuro es ahora presente para usted y para mí, pasado, esta experiencia se desplaza extrañamente entre el tiempo, qué maravilla.  

Ya que todo por este texto parece insólito me gustaría citar a Isaac Asimov quien dijo “La frase más excitante que se puede oír en ciencia, la que anuncia nuevos descubrimientos, no es ¡Eureka! Sino es extraño”. Y como un devoto a la ciencia, encuentro esto muy extraño y por lo tanto excitante, pero tan espantoso como tener que desplazarse por sitios extremadamente angostos, sofocantes y oscuros, para posteriormente descubrir la tumba de algún monarca antiguo. He perdido mucho de ese ímpetu por la aventura, ya saben, se dice ser miedoso o más bien inseguro, sí eso es. Pero me estoy adelantando, perdón. Estos paréntesis entre una historia siempre me habían parecido molestos, pero ahora que yo los escribo me parecen bastante pertinentes, qué arrogancia o más bien soberbia.  

Así que tirado en el aparcamiento, con el corazón golpeando con toda su fuerza (durante mi vida he sentido varias veces que el corazón se va salir o explotar, como dicen, pero nunca como esta ocasión, fue algo serio pero resistió), mi madre me toca el pecho e igualmente se impacta por la fuerza de las palpitaciones. Mi padre, teniendo que pagar la cuenta de un servicio que no consumieron, que pena, un desperdicio que no me agrada. Una vez pagada la cuenta, se apresura para abrir el automóvil, al cual entro casi inconsciente, sufría de un ataque de pánico, y nunca en mi vida había tenido tal experiencia. Como le dije en alguna parte de este texto, yo solía ser un idiota e irrespetuoso con respecto a la personas que padecían de un ataque de pánico, que sin más, perdían toda posibilidad de actuar. Remarcaba lo estúpidos que eran, pero nunca se es idiota si no es ignorante. Así que cualquiera que le diga a usted que un ataque de pánico es un pormenor fácil de inhibir, es  un ignorante, idiota, irrespetuoso y le estará mintiendo.

Arribando a la sección de urgencias, donde mismo, ya sabe después de la cruz roja y antes de la asignación de un cuarto, en el mismo hospital donde había estado internado, le digo. Ahí de lo alterado que me ve una enfermera y el doctor, me tratan con un tranquilizante, pero no como en los filmes, que siempre son inyecciones, y viene el gritillo y luego el suspiro, y ya sabe, los ojos ruedan para arriba. Pero aquí nada de eso para mí, sólo algo para ingerir, que detalle. Pero nunca vino un suspiro, yo seguía viendo todo irreal. Mis padres no eran ellos. Quería reventarme la cabeza contra un árbol o algo así de lo desesperado que estaba. Esa sensación de la que yo sólo había escuchado en anécdotas psiquiátricas, donde el paciente no se tolera a sí mismo y se daña el cuerpo completo, sólo por la intención de querer salir de ahí. No, no que cosa más horrenda, eso es poco, no es posible definir la magnitud de ese malestar con una palabra, al menos no en términos coloquiales. No se puede, o al menos mi vocabulario no me lo permite, sí, más bien eso, quizá algún erudito del lenguaje sepa cómo expresar tanto horror, sin utilizar palabras tan mundanas. O quizá en otro idioma exista alguna palabra o expresión para ello, y sea bien conocida y cuando sea mencionada todos se sobresalten, pero en este texto no, lo siento.

Y para cuando llegó Frida, ella tampoco era ella, pero permanecía bella y tierna como siempre, y fue eso de lo que me pude sostener para no caer. Pero todo el tiempo le rogaba que me dijera si lo que estaba viviendo era real, y yo no podía parar de llorar. Quería a todos a mi lado, pero no eran ellos. Aquel señor bonachón de cabello grisáceo y anteojos, ponía su mano sobre mi pecho, me sobaba y decía que todo iba a estar bien, pero algo serio me decía que no era mi padre, yo sólo quería llorar, moría de miedo, y poco o nada tenía sentido. Y de mi madre, bueno tampoco puedo decir mucho, ella estaba hablando con el doctor, no la veía. Pero la belleza de la mujer que amo y su tierna voz terminaron con la irrealidad, al verla llorar, no pudo más, y se desvaneció.

Lo que siguió de ese día fue difícil, en esta ciudad no hay buen hospital, así que viajes diarios, idas por las mañanas y las noches de regreso, a la ciudad cercana, fronteriza, a una hora y fracción de camino en automóvil. Pero eso sí, uno de los hospitales, porque ahí sí hay varios, era estupendo: sólo faltaban robotitos pasando volando por ahí, haciendo ruidillos y con algunas lucecillas para que yo estuviera en el futuro. Pero ya lo estamos, el futuro es hoy, no lo puedo creer. Los avances son tan impresionantes, que me hacen sentir orgulloso de ser humano, en ese aspecto, avances tecnológicos. Ese hospital era de ensueño, pero traicionero para mí. Con la incertidumbre de haber regresado de esa irrealidad, no fue fácil. Le explicaré. Después de aquel episodio, mi mente comenzó a formular todo tipo de hipótesis, y análisis, no podía evitarlo, y me sentía muy ansioso, todo podía ser una conspiración y creación de mi propia mente, como si estuviese en coma, y estuviera soñando. Tenía la sensación de estar soñando todo el tiempo, me sentía torpe, sin sobriedad, e incapaz de concentrarme e interactuar con mi medio. Todo el tiempo estaba tratando de adivinar lo que las personas iban a decir, porque sospechaba de mi mente, espero me entienda aquí, es difícil de manifestar. Estaba tratado yo de anticiparme a lo que mi mente me presentaría, así está más claro, supongo. Todo el tiempo sentía desconfianza, derivada de una fuente oculta e inacabable de inseguridad y recelo. Incluso con mis padres, me encontraba muy perturbado, y no quería abrir los ojos, todo me parecía muy extraño cuando los tenía abiertos. Recurría mucho a dormir para dejar de sufrir, tengo la sospecha de que esa es mi manera de reaccionar cuando algo muy extremo está sucediendo o cuando es tan persistente, que día tras día te despedaza los sentidos. Y cuando despertaba, simplemente no quería pararme y comenzar el día. Así que siendo muy escéptico de todo, cuando llegue al Centro Médico Excel, me convencí de que estaba en coma y todo era irreal.

Pero ¿por qué? Le hablaré un poco de este magnífico lugar. Cuando uno entra por la puerta principal, y mira hacía el techo, no ve nada más que galaxias, pintadas, ahí arriba, y en otra parte del techo, el sistema solar, y en otro, las constelaciones, y en otro, la órbita de la tierra y al final, el edén. Y en las paredes de las escaleras, la Noche Estrellada de Vincent Van Gogh – mi obra favorita – Sabiendo usted que me encanta la astronomía, y esta pintura, ¿Qué pudiera pensar usted que pensaba yo cuando vi todo eso?  ¡Estaba en un lugar que solamente existía en mi imaginación! Alguna vez había hecho yo un comentario acerca de un hospital con ese tipo de acabado, hace unos cuantos años (casi tres años atrás). Está coincidencia, o como quiera verlo, yo no sé cómo tomarlo, la verdad, me vino a causar un conflicto psicológico enorme. Pero no terminó ahí, yo tenía que realizar los viajes que le comenté hace rato, diario, porque no se me podían realizar todos los estudios en un solo día, y era innecesario (opinaban) hospitalizarme. Así que en la carretera, las conspiraciones mentales no se hacían esperar, aunque recurría mucho al sueño, no siempre podía estar dormido, así que cuando no lo estaba, mi mente me torturaba. Una que vale la pena mencionar, para que usted sea testigo de la inseguridad que yo sufría, es la historia de la ventana. Verá, mientras viajábamos comenzaba a sentir que todo era irreal, incluyéndome a mí, y una de las ilusiones que se presentaba me hacía pensar que las ventanas del coche eran pantallas que proyectaban el exterior, es decir, los acantilados, los cerros, el océano, la carretera, casetas de peaje, etc. Y desesperadamente bajaba la ventana para comprobar que no era así. Pero el abrir las ventanas no alivianaba mi pesar, no comprendía el espacio físico por el cuál me estaba desplazando, las distancias entre los objetos me parecía algo de lo más extraño, no entendía la visión estereoscópica que poseemos, no lograba comprender las tres dimensiones que nuestro cerebro interpreta.

La única manera de describir lo que sucedía, y así se lo decía a los médicos, era como si me hubiera desacostumbrado a vivir. Como si a un recién nacido se le diera la oportunidad de vivir desde el comienzo con un cerebro totalmente desarrollado. Imagínese el impacto que sería. Engendrar vida, que desde el primer momento posea un desarrollo completo de todos sus sentidos, en lugar de desarrollarlos paulatinamente y encontrar explicaciones empíricas a través del tiempo, que le permitan poco a poco entender el medio que le rodea, así lo hacen los bebés y el duro proceso, yo lo llamaría maduración, y no de la personalidad, sino de la fisiología. De hecho eso es lo que sucede, y es por eso mismo que sufrimos cuando vivimos de una experiencia tan descomunal, nuestro cerebro difícilmente la interpretará uniformemente si no tiene experiencia previa, y mucho menos si no tiene las estructuras necesarias para procesar la información que se le presenta. 

Un ejemplo que pudiera ayudarle a entender mejor (o quien sabe, quizá no sean comparables, pero en mi barbarie así me parece) sería el siguiente: Cuando una persona pierde una extremidad, digamos un brazo (ahora verá porque), suele percibir sensaciones de que el miembro amputado sigue ahí, conectado al cuerpo y que posee sus funciones normales. Estas sensaciones se presentan en un gran número de pacientes y se llama Síndrome del miembro fantasma’. Ante la ausencia de estímulos de entrada que modifiquen el estado del miembro, el área cerebral encargada de los movimientos motrices y sentidos genera por su cuenta las sensaciones que considera coherentes. En Italia se desarrolló un proyecto impresionante, en el cual, a un paciente de este tipo, que había perdido parte del brazo izquierdo, le fue conectado un brazo biomecánico a su sistema nervioso, sin cirugía alguna, simplemente le fueron implantados unos cuantos electrodos, que le ayudaban a movilizar aquel brazo artificial utilizando la mente. Esto es un avance impresionante, me gustaría que viera el video, así que agregaré la liga, usted podrá ver lo difícil que es para este sujeto realizar los movimientos, después de haber perdido el brazo.     (http://www.youtube.com/watch?v=ppILwXwsMng)

Froylan Enrique Calderón Castañeda, psiquiatra del Instituto Nacional de Rehabilitación, puntualizó que la sensación del miembro fantasma se debe a que el área terminal del cerebro tiene un registro de las extremidades y otras partes del cuerpo y cuando algo es amputado la percepción o registro se mantiene.

Así que para que las sensaciones desaparezcan, el cerebro debe de hacer una restructuración de las conexiones e impulsos eléctricos que eran mandados a esa zona. Y este proceso puede ser muy lento.

Lo que tengo que decir con respecto a esto, tiene que ver precisamente con la restructuración del cerebro. Al vivir un episodio en el cual usted pierde el tacto con la realidad, el cerebro no recupera sus funciones normales pronto, y quizá nunca lo haga, si el cambio es tal que desafía a la plasticidad del cerebro. En el video el sujeto italiano habla de lo difícil que era controlar el brazo biomecánico después de tanto tiempo de no haberlo hecho conscientemente con su brazo original, el cerebro necesita una restructuración de las conexiones para recibir e interpretar los estímulos, igualmente para mandar los mensajes satisfactoriamente, y así el sujeto pueda controlar el brazo artificial, consiste en una retroalimentación, vaya proceso. Es un tema difícil y no quiero mentirle, amo la neurociencia pero desconozco mucho de ella. Y qué tiene que ver esto conmigo, suponga que usted pierde la capacidad de interactuar con su ambiente habitual, lo que sigue es una respuesta cerebral a lo que acontece en ese nuevo y extraño terreno. Y no siempre se logra fácilmente. Así que andar titubeando entre dos mundos (el real y el irreal) es muy poco reconfortante para la persona.

Pero nuevamente me estoy adelantando, pero le ruego recuerde esto, mientras continuamos. Regresemos a los viajes, a la ciudad fronteriza. Allí se me realizaron varios estudios: Tomografía; Ecocardiograma; Resonancia Magnética; Electroencefalograma. Éste último se realizó por aparte, no en aquel centro médico de techos galácticos, sino en un consultorio neurológico particular. Y el doctor, cuyo nombre no mencionaré, fue quien concluyó que era un tipo de epilepsia lo que me provocaba esos estados de irrealidad, llamada Crisis Parciales Complejas. El tratamiento comenzó de inmediato, por medio de anti-epilépticos, cuya dosis debía aumentar paulatinamente. Él mismo me dio la primera pastilla, cuando estaba teniendo una crisis en su consultorio y al cabo de media hora me sentía mejor. Solucionado el problema, me sentía pleno, y normal, percibía todo como antes, vivía mi realidad de nuevo, qué gratificante. Pero ese mismo día, sufrí una crisis de irrealidad, no quería abrir los ojos, y sentía que iba a morir, pero al mismo tiempo sentía que nada era real, que embrollo, detestable, y fue una crisis que duró tres horas, la peor de todas, fortísima sin duda alguna.

Todo empezó durante la realización de la resonancia magnética, estando reposado en la camilla desplazada hacia el interior del túnel, ese que a tantos les causa claustrofobia, y más si es un estudio del cráneo o del cerebro, pues colocan un dispositivo con forma de reja alrededor de la cabeza. Cuando comienza el estudio, el equipo comienza a vibrar y se escuchan sonidos irritables, por todas partes. Además uno no puede moverse, en absoluto. Y para mí que no solía ser claustrofóbico, y quien sabe si ahora lo sea, esto debía de haber sido una experiencia en la cual saldría más preocupado porque encontraran un tumor en el cerebro que por cualquier otra cosa, pero no, sufrí de un ataque de pánico estando allí dentro, y si, con palpitaciones potentísimas del corazón, pero no podía moverme, durante media hora, le pido que imagine el pánico. Salí de allí aterrado, y no pensaba en eso del tumor, sólo sufría, sin razón. No sé qué fue lo que provocó aquel ataque de pánico, pero dejémoslo así.

Así que el neurólogo propuso que subiera la dosis antes de tiempo para ir contraatacando la enfermedad, y así se hizo. ¿Aumentar la dosis desde el primer día? Algo serio debería ser ¿No cree? Recuerdo poco del regreso a casa, me encontraba devastado y no quería abrir los ojos, quería permanecer inmutable. Sin embargo a partir de ese día todo comenzó a mejorar, gradualmente. Y ya no debía de realizar aquellos viajes diarios, podía permanecer en casa, tranquilo y en reposo. La desrealización comenzó a desaparecer, tenía epilepsia, eso era nuevo, y con nuevas restricciones y adaptaciones que realizar, pero me sentía mejor. El neuroléptico prácticamente me hacía dormir todo el día. Y así fue el siguiente mes, entero. A mitad de ese mes (marzo) se me recomendó retomar las actividades cotidianas, así que comencé a asistir a clases, pero cada vez que me presentaba, y me exponía a ambientes abiertos, sufría nuevas crisis, difícilmente comparables con las anteriormente comentadas, sin embargo no dejaban de ser pavorosas. Así que a partir de la última semana de marzo, comencé a sospechar del tratamiento, y del diagnóstico. Comenzaba a sufrir de nuevo, y el neuroléptico no parecía ayudar. En realidad el médico nunca mostró algún resultado que me convenciera del todo sobre su diagnóstico, algo que me obligara a admitir que tenía epilepsia. Su diagnóstico fue más bien clínico y no basado en los resultados de los estudios, al parecer, aunque argumentaba que el electroencefalograma mostraba una pequeña lesión cerebral. Sospeché de él siempre, pero al principio pareció funcionar y tomé confianza en él. Sin embargo, bajo las nuevas crisis en la última semana de marzo decidí viajar a la gran capital y buscar otros médicos.

Y quisiera ya terminar el relato, no tiene sentido prolongarlo más, el viaje en avión fue descomunal, sufría de irrealidad allá arriba, en una silla en el cielo, que locura. Consultando a otros médicos, desde el segundo día, se descartó la epilepsia por un magnífico psiquiatra, y en días posteriores por dos neurólogos, y finalmente por un neurofisiólogo. El electroencefalograma no presentaba ninguna evidencia de epilepsia y los estudios clínicos tampoco. Un mes bajo fuerte tratamiento de una enfermedad que no estaba presente, que cosa. En su lugar me fue diagnosticado un trastorno de ansiedad y ataques de pánico, a causa de algo desconocido, ya que puede ser provocado o desencadenado por muchos factores, como la muerte de un pariente cercano, soledad, predisposición genética, estrés, depresión y quien sabe que otras, bueno un psiquiatra le podrá decir más, o un neurólogo.

Así que volviendo a la foto esa de la que le hablé, tomada a Luis Juarez Rabadan y al pejelagarto abrazado, le puedo decir que lo veo completamente diferente, pero no sólo a esa foto, sino a él, y a todos los seres vivos, y al universo. La vida nunca había sido tan extraña, y vaya que he vivido cosas que a muchos sorprenderían y he viajado con la imaginación a lugares muy lejanos. La posibilidad de que exista un espacio entre mis manos y mi cabeza, me sorprende más que nunca, el asombro por lo banal nunca fue tan extremo, estar realizando actividades de manera automática, y de pronto darme cuenta de que existo y que puedo disfrutarlo y ser consciente, me hace sonreír y me hace sentir totalmente extraño, pero es extraordinario, aquí estamos, dentro de la mínima posibilidad de abrir los ojos, despertar de ese estado anterior al cuál pronto volveremos, en cuestión de décadas, aunque quisiera equivocarme, estado inerte al cual la gran mayoría de los seres vivos ya han regresado. La realidad de que usted es igual a mí nunca fue más indiscutible. El rostro de una persona y su voz nunca fueron tan inigualables e inolvidables.

Pensar en la muerte nunca fue tan sencillo, verá, le he pedido un favor al amigo quién me platicó sobre la muchacha sordomuda y su hermosa pregunta ¿El atardecer tiene sonido? Y que ya es justo que usted sepa su nombre: Juan Domingo. Bueno le he pedido a él, que cuando muera, si es que me llega el momento a mi primero, sabotee mi funeral, tome mi cuerpo, me disloque la quijada y la trabe como pueda, cuando la boca esté abierta al máximo, me arranque los incisivos centrales y los sustituya por los de un castor, y al final, que me tuerza los ojos tanto como pueda, y después presente mi cuerpo. Cómo he reído con esta idea, y el también, espero que lo cumpla de verdad.
Ahora un punto perdido en el espacio, en el basto universo, con tal complejidad en todos los sentidos me hace imaginar, y me hace sentir irreal, pero he llegado a una conclusión.
Seis años atrás tuve una experiencia psicodélica de la cual puede uno cuestionarse si regresé o me perdí en el viaje y mi vida a partir de esa experiencia es irreal, en realidad esa pregunta me la han hecho en diversas ocasiones, y aunque esa es otra historia que escrita ya está, le daré el final, y que es la respuesta a esa pregunta. Si llegara a la conclusión de que mi vida es irreal, tendría que negar la existencia de todo aquel ser humano, y por ende, todas las obras maestras y atrocidades que se han realizado en la historia de la humanidad serían una creación de mi cerebro, y mucho me temo, que no podría yo pintar una noche estrellada, y mucho menos escribir los libros que he leído, tuvieron, más bien TIENEN que haber sido escritos por otro ser.  Eso fue seis años atrás, ahora la conclusión se basa en la misma idea, pero es diferente, cuando enciendo el televisor y veo la programación, y las asquerosidades en el periódico, sé que esas estupideces no pudieron haber salido de mi cabeza.

- Escrito por J. F. G. M.