lunes, 5 de diciembre de 2011

Siempre la misma discusión con un familiar

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Siempre la misma discusión con un familiar, con respecto al ámbito político, y desgraciadamente no puede ser una conversación, porque a decir verdad sus puntos en defensa del voto ciudadano me desesperan. Realmente detesto las conversaciones en la mesa sobre la política ¿Realmente les importa? Me pregunto yo. Todo lo que hacen es defender a sujetos que no conocen, y que le aseguro, ni siquiera se han detenido a evaluar sus propuestas por completo, y mucho menos, su carrera política. Me viene a la mente, la religión, ya sabe, uno nunca se cansa de obviar las incoherencias de los creyentes, en este caso, la lectura de la biblia, no puedo hablar de otras escrituras sagradas porque no he realizado una observación suficientemente detallada como para establecer un punto de crítica, pero parecen no ser la excepción, al menos no cuando no existe fanatismo. Todo fiel tiene una opinión sobre su religión, pero cuántos realmente la conocen, bueno, de lo que he observado, y de lo que he leído, son los infieles quienes conocen más sobre la religión en cuestión que los allegados al dogma.

Y así como sucede con las discusiones en la mesa de la religión, en la mesa de la política todo termina en un embrollo de chismes e hipótesis, suposiciones y subjetividades. Y eso enferma, el conflicto surge allí mismo, en ese lugar donde la irracionalidad planteada en la mesa interfiere con la objetividad. Pretextos que dicen: somos humanos y no siempre tomamos las mejores decisiones, y uno de los pretextos más terribles, que van con las atrocidades humanas, y que obstruyen con el pensamiento realista, es decir, que alguien más lo hará pagar. ¿Qué es eso? Cuándo nos convertiremos en una sociedad literal, visceral y poco condescendiente con las ideas estúpidas que afecten a millones. No ocurrirá hasta que devastemos y arruinemos la carrera de aquellas personas cuyo poder está protegido por nosotros mismos, por nuestra incompetencia por obligar, no simplemente demandar, que las personas que actúan en el servicio público dejen su lugar en vista de su insuficiencia e ineptitud. Y esto me lleva de nuevo a la discusión con el familiar que discute sobre la política y dice: tenemos que votar por el menos peor. ¿Qué clase de mierda es esa? Bueno no tengo ninguna experiencia en el campo de la coprología, pero me parece que la muestra sería de olor pútrido.

Pero ni siquiera el familiar se detiene ahí, luego dice: [Tu escrito] es demasiado largo para leer. ¿Se supone que debería de tomar en cuenta este comentario? Y otra persona allegada me dice: mantén cortas las grabaciones (cuando las publique). Y a todo esto tuve que responder: la idea de limitar la escritura y las grabaciones sería el equivalente a que un escritor dijera: para qué molestarme en escribir un libro si nadie lo va a terminar porque es de larga extensión. Ese pensamiento limitante es destructor. Si un escritor se confina a lo que espera de las personas, bueno, no habría razón alguna para escribir, sería conveniente seguir leyendo las mismas escrituras retrógradas del pasado o más bien, seguir traspasando el conocimiento por medio de historias, que con el tiempo se distorsionan, y la realidad se pierde o se VOTA por su veracidad, si se va a decir que creer, estamos perdidos, sin discusión alguna. Evidentemente si uno observa, no tarda en darse cuenta, que en muchas de las miles de mesas políticas reunidas en un domingo familiar, sucede así, se somete a votación una especie de mezcla de conocimientos a medias, chismes, disimilitudes - generando solamente un mal: ignorancia colectiva. Son pensamientos que obstaculizan la generación de un criterio propio, de una disciplina mental y  son catastróficos para los procesos creativos, y que de ser derrotado por esos obstáculos, uno termina formando parte del grupo manipulado por un régimen vicioso, manipulador,  causante del miedo, pero eso ni siquiera es lo peor, lo infame ocurre cuando la persona se niega a la pregunta circundante ¿Quién alimenta a el sistema? Estoy seguro de que hay cientos, sino es que millones de respuestas a esta pregunta, pero dejar de ser unos malditos bastardos mentirosos, manipuladores, miedosos y egoístas, me parecería un buen comienzo para responder la pregunta. Sólo así podríamos asegurar que no somos nosotros quienes se inmiscuyen en el problema, sin conciencia alguna, haciéndolo peor aun.

Un ejemplo un poco extraño tal vez, sería el siguiente: he acudido por segundo año consecutivo a un congreso en la ciudad de Puebla, llevado a cabo en el mes de noviembre, y en ambas ocasiones, me he retirado al final, con emociones un tanto sombrías, y cierto enojo. El disgusto o enfado proviene de múltiples observaciones que producen las emociones – cuando veo y escucho que alguien compra un libro simplemente para obtener una firma de algún expositor que ni siquiera conoce, y que al mismo tiempo (esto es definitivamente lo peor) le dice a sus acompañantes que únicamente lo compró para ese propósito y no para leerlo, es en ese momento  que la idea de decirle la idiotez que está por cometer transcurre por mi cabeza. Y después observo como las personas, que dentro del auditorio parecen ser tan educadas, en las afueras, persiguen a los exponentes hasta el cansancio sólo para obtener una firma, después de que ya han firmado por demasiado tiempo y deciden partir. Las personas tienen un especial  efecto en mi cuando surge, prácticamente de la nada, este proceso incoherente de la personalidad, poco respetuosa y completamente abusiva.

La idea completa del congreso es cambiar la manera de pensar, y los asistentes parecen ignorarlo. He visto como se burlan de un expositor cuyo problema médico es el autismo y cuyo problema social es la convivencia interpersonal, y otros persiguiéndolo, mientras se les dice casi a gritos: EL TIENE PROBLEMAS, Y TIENE SU PROPIO PROCESO PARA ACERCARSE A LAS PERSONAS. Pero la persecución continúa. Y otra cacería para alcanzar a un premio nobel que tiene que huir con los brazos rodeando su cabeza y el voluntariado impidiendo que otros brazos, manos y uñas lleguen a él. Pero especialmente horrible ver como aquel expositor con un severo problema de convivencia, rodeado por sus acompañantes y voluntarios, escapa mientras camina,  simplemente viendo al suelo, totalmente callado.  

Personas asquerosas, que me han hecho lagrimear, cuando veo que el propósito de un congreso tan excepcional, en el nivel más fundamental, falla.

La idea de alcanzar una organización civil libre de culpa de la alimentación de un sistema corrompido, es prácticamente una utopía, cuando se observan las interacciones humanas en niveles tan básicos y poco masivos, no es difícil predecir que una gran multitud se comportaría fatídicamente, y de no ser un completo caos, siempre existirá aquel pequeño grupo que desorganice al grupo entero, hasta destruir la unión que existía en un principio, probablemente debido al surgimiento de una mala reputación o graves desacuerdos. Pero esto no es nada nuevo, y le diré por qué: hemos escuchado esto desde que nacimos, siempre lo mismo, hasta que algunos llegamos a la [edad de la razón] y algo sorprendente sucede: uno se da cuenta de que algo en ello no es cierto, o al menos no lo explica todo, y lo extraordinario no es eso, sino que uno comienza a buscar por sí solo las explicaciones, y los libros muchas veces no bastan para encontrar la respuesta, así que uno busca aun más libros, y termina en otro lugar, conociendo mucho más de lo que buscaba, y esa es una de las bellezas de la lectura y de la ciencia, uno nunca puede comprender algo sin antes conocer los detalles. Y en muchas ocasiones esos detalles, descifran algún código modificado, corrupto, o al menos, le permiten a uno ver que la solución a problema no depende de una variable, y lo más importante y crítico: uno se da cuenta que para resolver un problema hay muchas formas de avanzar. Me pregunto porque los científicos tienen tan poca influencia en la sociedad, o al menos muy pocos la tienen. ¿Será que los ignorantes sólo siguen a otros de su mismo modelo de pensamiento? Es una pregunta sarcástica. Aunque poner a los científicos en un pedestal sería igualmente un error.  

Así que llevo diciendo esto durante mucho tiempo, si se queja del gobierno, es porque su razón es válida, y si quiere cambiarlo, y dejar de quejarse aun cuando tiene una posición privilegiada dentro de la sociedad, lea. Si tanto le interesa como para lamentarse, quizá deba tomar la opción de quedarse un día en casa, y leer, en lugar de emborracharse hasta el ahogo durante tres días consecutivos. Eso no es lo mejor que podemos hacer.

Y le diré algo más, cuando digo algo sobre esto, un cambio tan brutal como la educación de una mente que critique y cambie su alrededor, siempre son los adultos que gozan de una posición económica cómoda los primeros en decirme: yo no te seguiría, no arriesgaría todo lo que tengo, ahora que lo he logrado.  Y realmente lo entiendo, el argumento es válido, pero no me convence. Así que le dediqué un pensamiento por un largo rato a esta posición, y llegué a la conclusión de que somos nosotros los inconformes, y los poco miedosos quienes debemos comenzar a realizar cambios importantes aquí, me refiero a los jóvenes estudiantes. Porque si lo hacemos así, cuando seamos viejos, usted y yo, no nos encontraremos en la posición de tener que seguir a los jóvenes o bloquearles el camino, sino más bien enseñarles. Les diremos que únicamente los idiotas se conforman con leer unos libros de los que no recuerdan su nombre, y también les diremos que meramente son los imbéciles quienes se conforman por votar por el menos peor.

Existen quejas sobre como proceden los médicos en psiquiatría para realizar un nuevo diagnóstico, para ser más específico, se realiza una junta, en la cual se somete a votación qué debería ser considerado como un trastorno o una enfermedad mental. Bueno, tengo mis opiniones pero en el objeto de este escrito, esas opiniones no competen. Pero algunas veces me pregunto qué ocurriría si la publicación y edición de los libros se sometiera a una votación, igualmente lo hago con las reformas y políticas. Y considerando que quizás quienes estén votando, no sean los más competentes, me asusto. Si los libros estuvieran sujetos a una votación, perderíamos todos.       

- Escrito por J.F.G.M.