martes, 17 de enero de 2012

Colapso y combinación de sueños


Fuimos de vacaciones familiares, que por circunstancias personales, no las disfruto tanto como en el pasado. Nos hospedábamos en un hotel con grandes ventanales, cada ventanal era en sí mismo, un cuarto. El nuestro daba hacia el centro del hotel, aunque desde una delgada terraza se lograba ver el mar a nuestro lado derecho. Allí en el centro se daba lugar a una gran celebración, de estilo brasileño. A la distancia identifiqué a personas que aun se presentan en mis recuerdos, pero ya no en mi presente, pero pronto, se perdieron entre la masiva multitud. Samba y baile, colores y decoraciones, sonrisas y abrazos. Semejante a un festival cambiante de su temática, conforme se presentan diferentes géneros musicales, el ambiente cambia, y con ello, los ánimos se transforman, pudiendo incrementar el éxtasis, o menguando el ánimo.

Como cualquier sueño, uno se olvida de grandes detalles, y de los pequeños pero importantísimos también. Recuerdo que nos encontrábamos, mis dos hermanos y yo, en un bar, aparentemente, beneficiado por aquel carnaval o festividad, el hotel estaba fuera de vista, así que quizá estoy hablando completamente de otro sueño, pero parece tener cierta coherencia, en el bar, se seguía el festejo. Alguien pobremente atento, mientras sueña, como yo, le puede parecer poco extraño que el festejo se siga llevando de la misma manera, es decir, mismas coreografías, y géneros musicales más cercanos al baile colombiano o brasileño que cualquier otro, sin embargo la banda encargada del entretenimiento, y del goce emocional, estaba a cargo de unos jóvenes bien conocidos en Liverpool, los Beatles. Pero a mí ni de cerca me paso la sospecha de que era algo poco común. Eran ellos, pero la música no era suya, seguía siendo un ritmo latinoamericano.

No me agrada encontrarme envuelto por una gran cantidad de personas, una sensación de encierro y angustia me acosan, y las voces deformadas, por el brusco cruce fonético, del cual uno ya no puede entender nada: como cuando uno se da cuenta, estando en un restaurante, de que no logra entender ni una sola palabra que provenga del resto de las mesas, murmullos deformes y un poco irritante si se le añade el constante golpeo de los cubiertos contra los platos de las vajilla. Añadiendo el mal comportamiento de una conglomeración en pleno goce, no sería yo el primero en unirme a la celebración. Pero extrañamente yo fui el primero en golpear a John Lennon. Al hacerlo, la imagen ya no tenía otros colores mas que el blanco y el negro. Fracciones de segundo, si no es que simultáneamente, al golpear su rostro y quebrarle los anteojos, la canción ‘Trampled Under Foot’ de Led Zeppelin comenzó y generó un frenesí extremo. Parecía una pelea de aquellas escenificadas en los filmes, donde todos por alguna razón tienen una excusa para golpear al de al lado, toda una revuelta. No recuerdo como terminó todo aquello, pero se que el resto de los compañeros del buen hombre John, se unieron a la pelea. ¿Excusa para golpearlo? Ninguna que no sea admiración, y que para mí ni siquiera la adoración justifica un atentado al estado físico y mental de una persona, seguro usted entiende la ironía de este caso. Quién sabe que ocurrió, quizá sólo haya sido causado por una actividad cerebral, sin sentido alguno, una eventualidad neuronal, nada más.

Lo que recuerdo a continuación no tiene nada que ver con el sueño en sí, más bien con la interrupción del ciclo de sueño, duermo fatal últimamente: Me desperté y sintiéndome deshidratado me levanté por un vaso de agua, y después me eché de nuevo en la cama.

Estaba yo en un centro nocturno -para quienes odiamos decir 'antro', aunque en las conversaciones siempre es mejor y más natural decir lo último, porque si no, uno recibe miradas que dicen: que jodido está este tipo- que no se parecía en lo absoluto a ninguno al que yo haya ido, que además, odio ese tipo de lugares. En la pequeña mesa, estaba una mujer, compañera de la secundaria, de nombre Mariana y de apellido olvidado, la reconocí porque como en algunas ocasiones sucede, el cambio físico no es tan drástico, durante y después de la adolescencia, este era el caso, se podía decir que su edad no era mayor a los veintitrés años. Mis hermanos aun estaban conmigo, y parecían tener un trato familiar con la señorita Mariana; en el sueño, éramos primos. Bebidas caras, vasos de cristal, y copas de vino. Otros detalles no hay, perdidos andarán. Pero en un momento dado, Mariana comenzó, con descaro, a dirigirme miradas sexualmente provocadoras y a realizar comentarios inexplicablemente eróticos. Súbitamente, estábamos todos saliendo del centro nocturno, no recuerdo si algo más ocurrió estando dentro. Hallándonos afuera, Mariana comenzó a disculparse por su comportamiento, diciendo: lo lamento, no se porque hice eso, pero en realidad no quería hacerlo, de verdad discúlpame, realmente estoy borracha, somos primos y estas emociones jamás las había tenido. Pero fue un tanto cruel, quiero decir, ella sí dijo lo anterior, pero el timbre de su voz, el tono, y la dicción eran dignas de una actitud resentida, daba la impresión de sentirse avergonzada pero también rechazada.

El sueño nuevamente se interrumpió, por segundos fue muy extraño, debido al antifaz, cuando desperté veía todo muy oscuro, prácticamente sin posibilidades de ver algo más: totalmente olvidadizo, me preocupé o al menos sentí una pequeña emoción, era angustia. Suelo dormir con un antifaz para cubrir mis ojos de la luz, que con el más pequeño de sus destellos, me corta el sueño, así que cuando despierto en medio de la noche, o del día, no veo absolutamente nada.  Pero ya un poco más despierto, levanté un poco el antifaz y vi por la ventana del cuarto –un colibrí alimentándose en las buganvilias.    

Estaba manejando, aparentemente borracho, porque no recordaba cómo había llegado yo, a transitar por las calles aledañas a mi casa, y esto nunca me ha sucedido, en verdad. Así que cuando me desconcerté debido a mi extraño estado, desperté, como cuando uno sueña que tropieza, o que se les es lanzado a la cara un objeto. 

Levanté un poco en antifaz, lo suficiente para dejar que la luz chocara con mis párpados inútiles, y desperté diciendo: otro de esos sueños que imitan demasiado bien al mundo que llamamos despierto. Sin importancia, dormí de nuevo.

Regresé al volante, y dije: esto sí es real, no fue ningún sueño, estoy totalmente borracho, y mientras el coche anda por la calle ¡Tu no puedes mantenerte despierto!

Desperté unas cuantas veces, y hasta risa me provocaba lo que estaba sucediendo, pero una vez que volvía a dormir, estaba nuevamente detrás del volante, y no era un sueño lúcido, así que la consciencia de que me encontraba en un sueño, no estaba presente, así que seguía asustándome cada vez que regresaba al volante del automóvil sin control. 

Después de un rato, en el que tuve que lidiar con la calle misma -ella era la que se movía a su antojo, así que el coche debía maniobrarse como si fuese una reacción a lo que la calle iba presentando, no había forma de anticiparse – no era posible hacer lo que uno hace cuando maneja y fija la vista a lo lejos para prestar atención a lo que en el camino eventualmente uno encontrará, como una curva por ejemplo.

Es gracioso pensar que es el camino lo que se mueve, como si fuera una larga banda corrediza, con curvas, y nunca repetitiva. Muchas veces me lo imagino así cuando realmente voy manejando, y la imagen simplemente se vuelve más interesante, se siente un poco extraño.

Buscaba la casa de mi sobrino, que aparentemente se encontraba cerca de la calle movediza, seguramente ese era su nombre, y de alguna manera la encontré. Pero como es de suponerse, él no vive en esa calle, y tampoco en esa casa. Pero el sueño continuaba.

Toqué la puerta con los nudillos de la mano y nadie atendió, nunca. Quería descansar, o al menos encontrar un lugar donde pasar el tiempo mientras la supuesta borrachera redujera su dureza y pudiera retomar el camino, haya sido adonde haya tenido que ir – no sé a donde.  Esperé, pero me impacienté, no había nadie allí. Subí al coche y volteé hacía la parte trasera, por alguna razón quería observar los asientos traseros, y también mirar dentro de los bolsillos que se encuentran en la parte posterior de los asientos delanteros. Tan pronto giré la cabeza, estaba yo viendo a un grupo de porristas entrenar en un cuarto muy angosto. Estaban construyendo algo, simplemente hecho de barras rojas, unas tanto elásticas, con las puntas blancas, y allí mismo estaba mi sobrino, dirigiendo a todas esas mujeres: no eran porristas, eran gimnastas, vestidas de porristas. Comencé a ayudar en la construcción de aquella cosa tan extraña, parecía un juego para niños pequeños, en el que hubieran podido columpiarse entre las barras con los brazos, tal y como lo hacen los infantes, por eso digo que me pareció ser un regalo para ellos. Según lo que entendí, la estructura debía soportar a un gran número de estas mujeres, todas delgadas, pero aun así supuse que la estructura necesitaba un poco más de trabajo, pero entonces una de las gimnastas me dijo: no es necesario, en una misma barra, cinco de nosotras podemos estar. Estaba asombrado, las barras parecían no tener la fuerza y la flexibilidad para resistir el intento. Cinco mujeres subieron al tercer nivel de la estructura, que para entonces, ya terminada, contaba con diecisiete niveles. Comencé a observar detalladamente la forma de la estructura, no era otra cosa que la unión de diversos rectángulos –no eran prismas sólidos, sino armazones apilados, unos sobre otros. La forma resultante era igualmente un rectángulo, si se observaba desde arriba, los armazones formaban los lados de un rectángulo: finalmente, el perímetro.

En cada barra horizontal, cinco mujeres; en las inclinadas, solamente una; en las verticales, ninguna. Contemplaba la estructura, merodeando por el centro. Mi sobrino estaba a mi lado, y no paraba de reír, algo demasiado alegre como para aguantarme la risa, reí, y todo se tornó de color azul profundo, marino, pero al atuendo de las jóvenes ya no era de porristas, sino de espectaculares bailarinas –su vestuario era elegante, todas ellas portadoras del color blanco, pero no era el vestido, sino algún tipo de accesorio en su vestido el que irradiaba luz blanca. De alguna manera eran luciérnagas que permanecían a su lado, y seguían la lenta coreografía.

Sé muy poco sobre las luciérnagas, pero los colores de las luces emitidas por ellas, difieren entre especies. No sé si el color blanco esté presente en el repertorio de apareamiento de alguna especie. Pero ha sido una de las cosas más bellas que en mi vida he visto. Mi sobrino ganó la primera palabra: exquisito. Él estaba boquiabierto, y dudo que yo no lo haya estado, al menos dentro de mis pensamientos lo sigo estando. No se si yo hubiese dicho algo, pero por seguro tenía las ganas de hacerlo. La coreografía concluyó después de que el grupo entero de danzarinas realizó un fouetté y en lugar de finalizar el movimiento, su cuerpo se mantuvo en una posición erguida, manteniendo su cuerpo con la punta de los pies, y no con el pie de apoyo plano. Asombroso.

Ellas mismas se aplaudieron, era el ensayo final, antes de presentarse ante una enorme audiencia, o así lo supuse, tan magnífico y formal, que no podía haber tenido cualquier otro motivo. Las luces se apagaron.

Desperté otra vez, un poco molesto de no poder conservar el sueño sin perturbaciones, me acomodé, y tardé tiempo en dormir.

Estaba en una pobre y pequeña comunidad, con clima tropical, y comencé a cantar una canción desde antes de llegar a donde un amigo me llevaba, llevaba puesto una paliacate en la cabeza, cubriéndosela. La canción hablaba sobre Yoko Ono y John Lennon, no recuerdo la canción pero tengo el recuerdo de que no era una canción de burla, sino para pedir una disculpa. Llegamos a una mesa dentro de una palapa, y allí mismo, sentados, estaban ellos dos. Parece que ya la tenía preparada, después de todo, le había partido la cara. Comencé a cantarla y a todos les pareció graciosa, ellos reían y John me dijo que tomara asiento. Para avivar aun más el ánimo comenzaron las bromas, alguien dentro del grupo comenzó a llamar a John de la siguiente manera: “Pothead, you are so kind”. Y todos se reían. Bebimos cerveza hasta que todos se fueron de la mesa.

Me dirigía a algún sitio para dormir cuando me crucé con Carlos Irwin Estévez, bastante mejor conocido como Charlie Sheen.

Esto es lo único extraño que le encuentro al análisis de toda esa noche de sueño, nunca he tenido interés en esa persona, aunque eventualmente me he enterado de su vida, nada personal, simplemente polémica, y quizás llena de tinta amarilla por tanto golpe mediático.


Pero ahí estaba él, y hablé con él, por mi personalidad inevitablemente pregunté sobre su problema con las drogas. Y él simplemente contestó: “The world should be leveled, but the world is the level”.

Cuando desperté, estaba conmocionado con esta frase, y aun cuando duermo sigo pensando en ella. Cuando logré de alguna manera recordarla en un sueño, finalmente se convirtió en uno lúcido, y por primera vez en mi vida, pude volar dentro de un sueño, maravillosa sensación, viví arrastrando ese deseo por tantos años, aun siquiera si no era por ‘voluntad’ propia, sino porque el sueño me arrastrara a volar, nunca sucedió, hasta hace unos cuantos días. Después de eso, el sueño lúcido viene a mí cada pocos días, y quiero más.

Escrito por J.F.G.M.