jueves, 31 de julio de 2014

Sobre La Irrealidad


Hace poco revisé algunos textos que escribí y nunca publiqué, me parecieron innecesarios y aburridos, en ellos trataba de hablar sobre la desrealización y ahora me pareció interesante volver a ese tema, analizar una vez más ese extraño fenómeno del que a veces soy víctima y otras veces soy idealista y soñador, un paladín que lo busca porque de alguna forma enamorado de esa sensación está.

Han sido tres años y varios meses de un contaste sufrimiento, han sido tres años y varios meses de un constante placer. Todo a la vez. Un flujo de sensaciones que me han hecho sentir pavor, un flujo de sensaciones que me han hecho sentir maravillado. Es algo con lo que me siento tan solo y que a nadie más que lo padezca he conocido, pocas veces sé qué hacer de todo esto. Personas cercanas a mi me han hecho saber del posible suicidio profesional o existencial que pudiera cometer al publicar sobre este asunto, piensan que pudiera utilizarse como un arma que apuntará a mi nuca, en algún punto de mi vida, aunque esa arma tan sólo signifique ser discriminado, pero a mi ya no me importa, a veces vivo tan cansado, que vivir preocupado por eso, no tiene cabida ni justificación alguna. Así que hoy he decidido detallar cuanto me plazca sobre la irrealidad en la que a veces me encuentro. Lejos de querer poetizar este padecimiento, le digo que tan sólo quiero escribir, hacer lo que tanto amo, y que tanto he dejado de hacer, y que por alguna razón que aún debo de encontrar claramente, esta tarde parece buena para volver a probar.

Ponga algo de música, de la buena.

El encuentro con este fenómeno cada vez es menos frecuente, y su fuerza ha menguado. Quizás tenga que ver con el tratamiento, que ha mejorado a través de los años, o tal vez sea yo quien se ha empoderado y ha apaciguado, de alguna forma desconocida, su mente. He hecho de todo, le prometo, para evitar estas sensaciones de extravío mental, y hasta hace poco, prácticamente mis intentos eran un fracaso.

¿Por qué quisiera evitarlas? Sencillo, no son cómodas. Si bien me gusta salirme de mi zona de comodidad, e irme, encontrar y vivir en esos desconciertos catárticos, aún en algo que ya conozco a la perfección no siempre logro sentirme satisfecho y tranquilo, y muchas veces trato de evitar ese encuentro enredoso, distraerse rápido parece ser vital para apaciguar esos desvíos, y así lo hago, funciona.

¿Por qué quisiera encontrarlas? Complicado, son asombrosamente extraordinarias. En el comienzo, tres años atrás, no habría podido decir esto, me hubiese parecido una barbaridad que incluso alguien se atreviera a decirme que formaban parte de mi enorme y peculiar personalidad, y que de malo no tenían nada. “Gozas de algo que muy pocas personas en el mundo podrán siquiera imaginar, explora y utilízalo a tu ventaja”. Esa observación bestial la escuché tres meses después del comienzo, y no la tomé nada bien, me parecía un comentario desatinado e inadecuado para que una persona que pensaba que había perdido la cabeza lo escuchara, era algo que para mí, carecía de cualquier sentido, algo simplemente estúpido, dañino. Nuestra gran amistad, la desesperación y la soledad hicieron que regresara a sentarme en uno de los banquillos que se encuentran frente a su escritorio. A este sujeto le tengo mucho cariño, del verdadero, una estima que sólo aquel que te ha salvado la vida merece. Pero su nombre quedará anónimo, porque así lo preferimos los dos. Y con el tiempo que transcurre como se le da la gana y las charlas enredadas en él, ese comentario dejó de parecerme un monstruo y eventualmente se convirtió en un pensamiento natural y tranquilo. No fue sencillo, primero tuve que deshacerme de un cúmulo gigantesco de miedos y seguridades engañosas, y con eso aún no he terminado, aunque sí, las fijaciones nocivas han quedado atrás, en el olvido marginal, que se encuentran con la represalia más dura cuando intentan volver: el silencio.

Pero ni siquiera he comenzado a explicar por qué esas sensaciones son tan maravillosas, le dije que era complicado. Quizás relatar una experiencia ayudaría, y llegaré a contarla pero por ahora quiero escribir sobre algo más, para complicar más este texto, a mí me parece atractivo darle vueltas a un tema que por sí solo es un obsequio sin igual para quien lee sobre él.

¿Se imagina usted cómo fue para las personas que un amigo, hijo o hermano suyo aparentemente haya perdido la razón de un momento a otro? Yo no puedo, y si usted no es cercano a mí, o no estuvo cerca en los peores momentos, dudo mucho que pueda imaginarlo, aunque quizás, usted conozca o haya conocido a alguien con un padecimiento similar, eso lo colocaría bajo mi confianza. Qué haría, me pregunto. Para mi fortuna, el abandono nunca fue una idea presente y seria de mis allegados, yo hubiera muerto si esas personas que aún siguen sin entenderme me hubiesen dejado en aquellas épocas, hubiera muerto de tristeza, y posiblemente todavía pueda morir así.

No se me ocurre otra manera de presentar la pregunta más que proponer un escenario para imaginar: La ruleta de la vida turnó en que usted despierte, por quinta ocasión, y cuando se encuentre con el sujeto que tanto conocía, siga hablando de cosas incómodas para la mente, y así continúa por meses, y años. Durante el primer año no tiene alguna razón para celebrar que está vivo, más bien quiere buscar la muerte o la sobriedad mental para que usted se de cuenta de que algo está horriblemente mal, pero ni usted y el sujeto juntos pueden entender qué está sucediendo. Y todo se viene abajo. Los ánimos colmados de alegría, se vuelven grises y una sensación de ahogo los invade a los dos. Y quizás usted no se haya dado cuenta de que para su amigo lo mismo está ocurriendo con el resto de sus relaciones, vaya cosa. Todos a su alrededor se sienten inmersos en la confusión que sólo una persona que está perdiendo el conocimiento puede experimentar, y como si fuera algo contagioso, el agua en la que se está ahogando su amigo, comienza a inundar la vidas de los demás incluyendo la de usted, y en esa agua sólo hay una mezcla de negatividad, pesimismo, perdición y desolación. El agua jamás le impide respirar a usted, claro que se siente abrumado, pero no va más allá de un nudo en la garganta y una sensación de hiperventilación incomoda, pero cuando se sumerge en las profundidades de esa agua opaca, usted ya no puede ver en dónde se encuentra su amigo, no sabe ya dónde se encuentra el fondo o la superficie, y aunque quiera buscar a su amigo allí, no lo encuentra, no puede ver nada. Y esta no es más que una proyección de lo que yo sentiría si algún amigo pasara por una situación parecida a la mía, quién sabe qué tengan que decir los que realmente lo vivieron a mi lado.

Así que la pregunta que se viene generando es ¿qué tiene de llamativo y seductor un sufrimiento como el que aquí se describe? Hay algo que no he mencionado, un asunto grave: la depresión. Verá, también padezco de eso, y no es nada encantador, puede ser muy peligroso, y la verdad, puede llegar a ser doloroso y un absoluto terror para la mente, y decir eso es quedarse en la imprecisión y en la pobre descripción. Cuando la ansiedad se presenta durante una crisis depresiva, le digo, no existe algo peor que pueda suceder, y yo padecí de esa combinación durante mucho tiempo, desde el comienzo, y por eso, las desrealizaciones no eran algo que yo viera como placentero, años atrás. Pero aquí la depresión no tiene cabida, tal vez después se me den los ánimos para escribir sobre algo tan horroroso. Así que, cómo componer un texto que parece hablar únicamente de calamidades y no de lo que en un principio se propuso - fácil: escribir sobre lo bueno que tiene y dejarse de tonterías.

En ocasiones, cuando los estados depresivos no se presentaban, pero sí la ansiedad y la irrealidad, me sentía atraído, y curioso de poder vivir esos estados mentales tan agudos, sin tanta angustia, pánico o desconsuelo. En realidad tuvieron que pasar, según lo recuerdo, dos años para que a mí me fuera posible disfrutar ese mundo tan insólito. Antes de ese tiempo, nada de bueno tenía sentirse irreal, hervía en pánico, pero todo esto ha cambiado, y yo ni me he percatado de cómo, en realidad. Sólo sé que ahora, por breves momentos puedo conducirme en esos estados a mi antojo, sin necesidad de padecer ansiedad para encontrarlos ¿Pero qué no le dije que eran incómodas? Si, pero a uno a veces le gusta sufrir.

Pero qué son esos estados de irrealidad arraigados en la mente. Poco se sabe, parece ser un mecanismo de autodefensa generado por el cerebro ante situaciones estresantes y experiencias atormentadas, como un accidente, o la muerte de alguien cercano…por decir lo menos. Ya sabe, como cuando todo parece moverse lentamente, cuando el mundo que lo rodea queda en silencio, o cuando permanecer inmóvil por minutos enteros parece ser lo único que puede hacer. A mí nadie sabe qué me pasó para que algo así se desencadenara, y buscar una respuesta parece ser una pérdida de tiempo y esfuerzo, al menos así me parece a tres años de haberlos experimentado por primera vez.   

Ahora, es momento de relatar alguna vivencia, la que muchos párrafos atrás parecía ser escrita, pero que la dejé pendiente para escribir todo este embrollo. Suele sucederme cuando viajo en un automóvil, por supuesto, no conmigo al volante. En un comienzo se presenta una pequeña sensación de claustrofobia que al tiempo se siente como agorafobia ¿cómo es esto? No lo entiendo, no le voy a mentir, es de lo más raro, son percepciones opuestas, y yo vengo a decirle que siento ambas, vaya locura, pero así es. Noto que el espacio se reduce y que también es demasiado grande, excesivamente abierto. Poco puedo creer del hecho de que exista un espacio entre mi pecho y mis manos, me siento como agua que fluye con fuerza por el aire, me parece sorprendente que el camino que voy recorriendo vaya quedando atrás, y lo tanto que gocé, termine por dejar de existir, que el pasaje ande hasta perderse de vista, para no volver jamás y sólo queden momentos que recordar. Me encumbra la cantidad de colores que puedo ver, que vienen de todas partes, yo me quedo ahí gozando. De alguna forma sentir, sin ver, que todo a mi alrededor pulsa inexplicablemente.
Me levanta de mi asiento la idea que se forma en mi mente, que dice que no deje pasar por sentado ese momento - que en lo profundo de la vivencia, lo que mi propia cabeza me pida es que exponga aún más mis sentidos, es exquisito. Cierro mis ojos y siento mi lengua deambular por mi paladar, doy un trago de saliva y se siente bien porque es maravilloso saborearse a sí mismo. Quizás las manos sudan un poco y entonces recuerdo lo afortunado que soy de tener ambas, con las que puedo sobar mi pierna que a veces tanto me duele, presionar con ellas mi pecho y sentir los latidos de mi corazón, o formar una almohadilla con ellas para descansar mi nuca y volver a cerrar los ojos y pensar en el siguiente dibujo que trazaré o soñar con que algún día pueda acariciar a alguien que ame tanto, y dejar que todo vuele una vez más. Pero ahora recuerdo que tengo dos oídos que me permiten escuchar la deliciosa música que tanto alegra el camino, muevo los labios y sé que puedo silbar, y me contento. Bajo la ventana y me entusiasmo al darme cuenta que puedo distinguir otro idioma e intentar imitarlo, aunque sea el de los pájaros. Y las cosas comienzan a volverse más abstractas en la mente, pero más vívidas en el momento – puedo recordar el sentimiento que tuve cuando abracé a mis padres en la mañana, puedo gozar de nuevo la mueca que mi boca hizo cuando me reí con mis hermanos, sin importar los días que hayan pasado, mis mejillas pueden volver a sentir las lágrimas que se deslizaron cuando lloré de alegría con otra persona. En medio de todo eso me acuerdo que puedo jugar al loco y convencerme que estoy en otro lugar, aunque sea en el asiento de al lado, pero lo que estoy viviendo me entretiene más. Y a veces dentro de esa euforia que para nada es violenta, siento un pequeño desánimo porque sé muy bien que la persona que viaja conmigo no me entiende del todo, es algo que no puedo compartir intensamente, pero al darme cuenta de que aquella persona refleja felicidad al verme pleno, me siento feliz. Luego me digo a mí mismo: después de esta vida no hay otra oportunidad, y sonrío.   


Y eso es tan sólo en el automóvil ¿puede imaginarse lo que siento cuando estoy debajo del agua?


Escrito por José Flavio G. M.