miércoles, 14 de septiembre de 2016

¿Logramos algo?

Dejé únicamente las preguntas iniciales, el resto del texto ha sido editado. Haciéndolo parecer un escrito continuo. Sólo así puedo agradecerle a mi manera: tratar de construir su escritura (que tanto me gusta) e imitar su intensidad, cuando ya ha desaparecido.


-Le pregunté si habíamos logrado algo, esto contestó él:

JF: Siendo una pregunta tan ambigua… yo pienso que no. Hicimos poco, en verdad. Porque en realidad ninguno busca esforzarse tanto, al menos no yo, que sé muy bien que se trata de un dilema arrojado al olvido. Fue un éxito en ciertos aspectos, en otros parece que ni siquiera existió esa entrevista.

-Fue la primera vez que sentí que algo no iba bien con él. Le dije a mi esposo que este muchacho estaba escribiendo sin colores - se ha apagado - o algo así pensé. Le había escrito un correo porque vi aquella publicación, en la que anunciaba una clase de retiro. De alguna forma pensé que algo tenía que ver con lo que él siempre ha vigilado: pocas personas interesadas en leer. De ahí la pregunta. Y me dijo que esa era una pequeña parte - para él, ignorar la lectura no implica ni justifica desapegarse de quienes quieren ayudarnos.


-¿Entonces? Por qué te vas.

JF: No es algo repentino. Parece así porque a nadie le dije. Fue una decisión que tomé al menos cuatro meses atrás. Pero necesitaba prepararme, por mi cuenta para hacerlo, y evitar escuchar a algunos (que se les agradece) decirme que no lo hiciera. Fue todavía más difícil cuando mi hermano y su novia me regalaron unos cuadernillos para escribir -unos días después de haber escrito mi renuncia- con un mensaje muy bonito que decía: “Para que nunca dejes de escribir… que el talento no hay que dejarlo ir”. Les di mucho las gracias, un detalle que nadie había tenido conmigo y mi escritura. Esos cuadernillos no están abandonados, están esperando su turno, pero no para esto. Para algo más grande.

-Pero aún no entiendo, no me has dicho qué sucede.

JF: Dame tiempo para explicar. Hace algunos años, me contactaron con una editorial electrónica muy pequeña, y la idea me encantaba. Me pidieron un escrito o una reseña sobre un evento. Las indicaciones fueron pésimas y con lo poco que entendí después de varias preguntas y malas respuestas me las ingenié para escribir dos textos, dos versiones. Las envié y por supuesto, no era lo que esperaban. Nunca he sentido tanta prepotencia y arrogancia en mi vida como aquella ocasión: “a mí me la pelaban esos cabrones”. Era cierto, y sabía que ambos sentimientos surgían ante la inhabilidad del sujeto para explicarme lo que esperaba de mí. Al final la rompí, les agradó mucho el resultado final. Y todo transcurrió en un par de horas. Ahí fue cuando la arrogancia se acuarteló y se mantuvo por mucho tiempo. Un ego injustificado empezó a crecer, y también una intranquilidad.

Cualquier texto que he escrito, ha sido terminado en tan sólo horas, con eso a veces vienen errores de dedo o falta de atención a otros errores, aunque, nunca lo he visto como un hacer problemático, si algo debe arreglarse se hace y ya, sólo así. Pero no soy alguien que deje pasar por alto este tipo de experiencias. Me preguntaba ¿qué coños te sucede? Decidí dejar de escribir por un tiempo en aquellos días. Y con el tiempo me olvidé de todo el asunto y volví a escribir con verdadera pasión y desinterés. Con desapego a la opinión del lector, más bien de los que esperaban otra cosa, incluyéndome a mí mismo.

Algo así sucedió ahora. Pero no fue con mis escritos, sino por ellos. Es la desrealización. Es todo el tema. Me quedé sin otra cosa que escribir y con nadie para dialogar, sobre esto. Y en eso, yo espero otra cosa. Tú y yo tuvimos muy buenas charlas al respecto, me gustaría ayudar… pero ¿a quién? Me ganó la arrogancia de nuevo y desesperado sólo gritaba para mis adentros: ¡a nadie le importa! ¡Ineptos! Uno trata de crear un ambiente de conocimiento, incitando el amalgamiento de mejores relaciones y lo único que logran hacer con ello es ignorarlo. Eso hacen.

Quizás no nos dimos cuenta y lo hicimos todo mal. No le dijimos a las personas que NO PADECEN que esa entrevista era para ellas, y no para generar una fama retorcida. Y aún diciéndolo, qué importancia le darán, me pregunto todos los días. Quizás en esto expreso resentimiento, cuando no debería, pero en la vida a veces uno no puede evitar sentir aborrecimiento ante el constante letargo que nos divide como sociedad. Me estoy desviando, esto ya no tiene nada que ver con las razones que consideré para dejar de escribir, pero que vengan y tú también las conozcas.

Sabes que trato de observar la vida con diversos vistazos, y aquí voy a bromear, pero tiene sentido. Ahora entiendo por qué quienes escriben libros de autoayuda se sienten tan miserables. ¿Te imaginas cómo se les ha de criticar o ignorar?

Uno al escribir sobre sus padecimientos o conocimientos, al menos si no eres un narcisista de primer nombre, lo haces para los demás también. En la búsqueda del conocimiento de tu padecimiento, no quieres que alguna persona se quede atrás, piensas también en aquellos que puedan encontrarse en una situación similar, si no ahora, tal vez después, y que en tus palabras encuentren aunque sea un motivo imperioso para saber que la locura no es tan grave, que dentro de toda esa fragilidad hay una mente que en la penumbra puede fortalecerse. Y claro, porque bien pudieran ser ellas quienes más te lastimen o te ignoren después, por simple ignorancia. Entiendes, ni tú puedes revelar cómo te llamas, porque tu profesión podría irse al olvido, y todo porque no quisieron escucharte desde el comienzo.

Como expliqué en la entrevista, es perfectamente entendible que las personas se asusten frente a una situación tan extraña. Pero eso no justifica la cobardía y un completo abandono sobre la cuestión. Sé que hay que luchar, continuar el flujo de información y quizás, sólo así, algún día estos temas se traten con mayor facilidad y continuidad. Pero por ahora no puedo ser yo quien lo haga. Eso lo supe tiempo atrás. Habiendo tomado la decisión varios meses atrás, decidí que los últimos escritos irían dedicados a esos temas, terminando con un sencillo escrito sobre la depresión, un tema del que nunca publiqué porque es un tema demasiado sombrío para que los menos curiosos se interesen.

A mí no me interesa que me lean, no se trata de una novela. Me interesa que se informen, me interesa que les concierna, porque es verdad, les afecta. Pero vamos para seis años y sigo sin descifrar cómo mostrar que en la vida se encontraran en situaciones similares, inevitablemente – ellos o sus queridos acompañantes.

Claro que entiendo por qué esto sucede, la inconformidad podrá ser humana pero la apatía es sobrehumana. Lo veo todos los días. Y si en algo tenían razón nuestros padres y algunos profesores ineptos de la infancia es que siempre pensamos que a nosotros eso no nos sucede en toda la vida. Y sí, llega.

Me parece que me voy a morir y no vamos a estar preparados para continuar esta charla con otras personas. No estoy cerrando ninguna comunicación pero no seré yo quien construya el escenario.

Vamos a terminar aquí. Pensando que nadie nos ha leído de nuevo. ¿Qué logramos? Ciertamente con esto, que piensas publicar, nada. Es sólo el hartazgo de alguien cansado de continuamente percibir cuánto nos ignoramos y cómo nos violentamos sin remordimiento y perdón.

En otra parte de mi vida hay grandísimos sueños y proyectos valiosos, simplemente la escritura ya no es uno. Alguna vez, a mi padre le dije que nunca dejaría de escribir, pero todos nos convertimos en lo que criticamos ¿cierto? Piénsalo.



- Editado por Lucia Saldi (pseudónimo)