jueves, 1 de septiembre de 2016

Olvidarlo en un instante




[TIME - Hans Zimmer]

                                                                         
Me parece que el mes de septiembre es uno muy bueno para dejar de escribir. Por alguna razón que no conozco muy bien siempre me han parecido treinta días muy distintos al resto. Me recuerdan mucho a mis viajes al mar de Cortés, daba la impresión que el anochecer le pedía que mantuviera sus aguas en silencio, como si tan sólo se fuera a dormir, todo quedaba cubierto por un admirable silencio. Aunque no siempre era así. Fulminantes tormentas podían despertarte de sueños apacibles, rayos y relámpagos tan cerca de tu fragilidad podían hacerte pensar que tú recibirías el próximo impacto. El mar rugía con salvajismo. Septiembre, un mes que antes de tiempo parece preparar los ánimos para entrar en un tranquilo silencio que llega con el invierno, aunque por desdichas también nos ha hecho escuchar estruendos, gritos y lamentos inolvidables, ver y calarse en la miseria.

Yo prefiero irme tranquilo. No es un juicio precipitado y tampoco una irresoluta. Tampoco es una promesa, simplemente lo es, todo. No puede compararse con viejas promesas como las que solía hacer: dejaré el cigarrillo o la bebida ocasional. Por ahora creo que seguiré fumando aún estando enterrado. Tampoco es un vicio, es una pasión, que he decidido abandonar por un largo tiempo, cuando menos. Tan sólo dejo de escribir, honor a quienes continúan por el resto de su estancia aquí.

Uno siempre piensa en cómo despedirse, cuando sabe que el tiempo para hacerlo llegará, pero se va quedando sin palabras mientras se acerca, así que preparé algo sencillo el día que lo decidí, par de meses atrás. Si uno tuviese que despedirse después de una bella vivencia ¿cómo hacerlo? Quizás así.

Fui y seré, tanto como soy es todo lo que en algún momento dejaré de ser. No puedo ser más, y tampoco quiero serlo. Es lo único que se mantiene verdadero frente a una muerte tan continua como la vida lo es. No fui el primero y tampoco seré el último, como una pequeña mota de polvo que nunca nadie supo de dónde vino ni a dónde se fue. Así será para nosotros, los que ahora recordamos pero en unos años seremos olvidados, porque ni siquiera el retrato fiel del personaje más célebre sobrevive a las insurrecciones de su imagen, que lo convierten en magnánimo y otras veces en villano. 

Quizás sea cortés recordar una vez más los orígenes, desordenadamente, de lo que uno escribió. Antes que todo se esfume. - Y con un poco de fortuna, quienes se mantuvieron aquí encuentren algo de sentido y una extraña urgencia por escribir brote de un vacío aparente, como a mí me ocurrió diez años atrás -.


Recordar a quienes nos pidieron que nunca los olvidásemos. Recordar a los valientes que no nos olvidarán, ni cuando la muerte nos alcance mucho antes que a ellos. Volver a nacer, por unos minutos, en el hogar que nos protegió de un tormento helado.


Revivir la pasión intensa de un amanecer iracundo, nacer al mismo tiempo que el Sol. Reencontrar tristezas penetrantes, como si apagaran las estrellas. Escuchar el canto de las aves cuando atardece. Escuchar las voces de nuestros padres. Amar de nuevo a las hermosas mujeres intimadas que nunca estuvieron en nuestro lugar y tampoco a nuestro alcance. Recordar que ninguno de nosotros aprende más del día que de la noche. Elevar la vista y observar el cielo que nunca levantó y más bien se derrumbó sobre nosotros. Haber visto con el rabillo del ojo algo que nunca estuvo allí. Experimentar una vez más aquella sensación corporal cuando escuchó por primera vez aquella inigualable pieza musical. Recordar lo que uno vivió cuando se perdió y lo que pensó cuando se encontró. 

Acostarse, levantar la cadera y finalmente los pies, como para pensar que uno está cayendo hacia el cielo o entre las estrellas. Soñar con las profundidades marinas y en vida sumergirse en ellas, y quedarse allí, sólo por quererlo hacer. Emerger entre la inquietud de un beso que no se dio porque los tiempos del amor nunca empataron y que ahora sólo puede recordarse con dulzura genuina. 

Dormir lúcidamente. Dejar en el olvido viejos demonios y de todos los daños crear el imperceptible, sólo golpear botones y escribir. Olvidarse de la fragilidad mentirosa de una vida tan extraña. Recordar por qué uno comenzó a escribir, y olvidarlo instantáneamente, como lo hace un pianista con sus partituras de concierto.  Envolverse en la oscuridad y buscar destellos nocturnos, y en el brinco de los ojos, darle cuerda a la percepción que declara “nos encontramos bajo la vía [láctea]”.